martes, 25 de noviembre de 2014

El rugby


En la familia de los Rivarola el rugby siempre ha ocupado un papel muy importante, como juego pero también como escuela de vida, como formador de virtudes humanas que quizás, en otros deportes no se ven, pero que en el nuestro son como distintivos de una determinada manera de ser y de pensar.
Yo me acuerdo que Gringo, mi padre, que había jugado de joven en Cuba, más o menos hasta la reserva (unos 22 o 23 años) que ría que yo, siendo chico, mamara esos principios del rugby como deporte. Tenía en mi cuarto un cuadrito una foto suya con el equipo en el que jugaba, y me contaba de cada uno de los que allí aparecían y que era lo que había sido de ellos en la vida, como asociando el deporte a una concreta forma de ser, que además era la que se debía ser.
También recuerdo de chico haber escuchado que tres tíos abuelos mías habían estado entre los fundadores de Curupayti, ( Eduardo, Pepe y Carlitos Rivarola) siendo un grupo de adolescendetes de entre los 15 y los 18 años, y que lo habían fundado porque lo único que querían era jugar al rugby y divertirse entre amigos, que es como lo básico del rugby.

                                                                                 
                                           Gringo (mi padre), parados, el 4o. desde la derecha)

     Es que uno puede tener los gustos heredados por un determinado color, pero en donde va a ir a jugar es adonde están sus amigos; desde luego que mi padre hubiese preferido que jugara en Cuba, y viviendo en Bs.As. quizás hubiese sido lo más lógico, pero es que mis amigos del colegio, allá por 6to. grado cuando empecé, estaban jugando en el Sic, en San Isidro, y bueno, para allá me fui, arrastrando a mi primo Horacio que además era mi amigo. Rodolfo Quinto también jugó allí desde inferiores, adonde lo hacían varios de sus amigos porque por entonces ya vivíamos en San Isidro, y cuando volvió de Neuquén siguió jugando allí; pero en cambio Fran encontró amigos en otro lado, en el Liceo Naval, que lo único que tienen en común con el Sic son los tres colores. Manu y Benja lo hacen en Regatas, porque viven en Bella Vista y allí están sus amigos, y el pequeñín de Santiago Giaccio me han dicho que es un fanático de Cuba, adonde viven, para regalarle una sonrisa a su bisabuelo que por ahí empezó todo.
     Gringo, mi padre, era tan fanático de este juego que siendo nosotros chicos y habiendo dispuesto el gobierno de Perón expropiar las instalaciones de Cuba -cuyos jugadores se pasaron a Atalaya, un club de 3a.- como a mi ya no me podía llevar por el club no se le ocurrió mejor idea que empezar con un club nuevo, al que llamó Pacheco Rugby Club, con colores verde y blanco, y empezó a formarnos -tendríamos entre los 8 y los 9 años- a un grupo de amigos y parientes, bastante variado, por cierto. Era un lindo grupo y practicábamos en Palermo todos los sábados a la mañana, pero no recuerdo porque no seguimos. Si hubiésemos tenido continuidad, con seguridad que hoy sería uno más de los clubes de rugby; no sé en que nivel pero ahí estaría.
     Es que todos los clubes han nacido de la inspiración de unos pocos....siempre.....y lo mismo ocurrió con los de fútbol; la de Gringo sólo fue una experiencia "no nata", algo que no prosperó como proyecto, medio porque al caer Perón , Cuba pudo recuperar sus canchas -que por entonces estaban en Palermo- y además porque faltaba lo esencial, esa "chispita" básica que -como arriba les decía- es la amistad, y en ese grupo tan poco homogéneo, no éramos amigos entre nosotros, quizás lo fueran nuestros padres entre sí..De cualquier manera, no fue un fracaso tan rotundo porque aquellos que nos habíamos sumado al proyecto -y luego nuestros hijos y nietos- de una u otra manera no sólo hemos jugado sino que también nos hemos mantenido cerca. de ese deporte.
    El año en que Gringo cumplió los 80 (que fue en 1986) mi primo Horacio recordaba que entre las cosas que el sentía que le debía a papá era su amor por el rugby, al evocar aquellos comienzos del Pacheco, que hasta tenía camiseta que él había dibujado y diseñado, con fondo de color blanco y un escudo especiel verde sobre la parte superior izquierda sobre las siglas P.R.C. y con los puños y el cuello verdes.
     Algunos años después y mientras cursaba el 6to. grado -que equivale hoy a un 7o. de la primaria-, a los 11 o 12 años me entusiasmé junto a  un grupo de amigos del colegio para irnos a jugar al rugby a un club que estaba en San Isidro, el Sic., con el cual nunca había tenido nada que ver, pero eso de los amigos la verdad es que aquello de la amistad tira mucho. Es que les repito: lo importante del juego es la amistad, y luego los resultados, pero lo fundamental es jugar entre amigos para divertirse juntos y lo demás puede darse o no. Por eso es que no me fui a jugar al club donde lo había hecho mi padre, eligiendo este que quedaba lejísimo y que deportívamente era un desastre, siempre peleando por no perder la primera categoría.
     Me acuerdo bien de primer entrenamiento o práctica nocturno; de mi primer entrenador, Luis Llamazares; y del grupo que integrábamos, año a año, y del que salieron muchos buenos jugadores y otros muy buenos, que inclusive llegaron a jugar en el Seleccionado de "Los Pumas", como Arturito Rodriguez Jurado, Lucho Gradín, el gordo Antony, el Coco Rocha, etc., etc. Pero lo importante, me parece, es que papá se alegraba de que yo jugara, aunque no lo hiciera en el club de sus amores -y que siguió siéndolo, claro- y eso es mucho más importante que la parcialidad de un club o de otro.
     Cuando nos fuimos a vivir a Neuquén, Rodolfo Quinto venía jugando desde algunos años antes en el Sic, adonde tenía su buen grupo de amigos, inclusive del colegio que jugaban con él, pero al trasladarnos a otra ciudad, la mayoría de los compañeros que jugaban rugby de su nuevo colegio que estaba en Neuquén, lo hacían en el Neuquén Rugby, mientras que otro -el mayor de los Maletti- jugaba en Marabunta, y para allá apuntó. Yo estaba contento porque me parecía que en este último se vivía más el espíritu del rugby como a mi me gustaba, que en el otro, un poquito más ambicioso deportívamente, pero quizás con otros códigos.
     Era como me pasó a mí muchos años antes, el Neuquén quedaba más cerca y Marabunta en Cipolletti, pero eligió este último, ya hasta allá partía a los entrenamientos nocturnos, a donde yo pasaba luego a buscarlo con el auto, oportunidad que aprovechaban algunos de sus compañeros para que los dejara en sus casas, casi todas en Cipo. Allí Rodolfo llegó a jugar en primera e inclusive fue convocado para el Seleccionado Juvenil del Alto Valle, y de allí soy hoy en día muchos de sus amigos, que viven por aqui, pero también otros que como él se trasladaron para aquellos pagos.
     En el rugby local siempre se mantuvo esa disputa del Neuquén y Marabunta, con primacía en el tiempo de los primeros -lamentablemente-, aunque últimamente ha repuntado bastante, pero durante muchos años se transformó -por esas cosas que a veces ocurren- más en un club de viejos que en uno en el que se siguieran inculcando los viejos principios a los que empezaban. El semillero del Neuquén siempre fue mucho mayor que el nuestro, pero con los años, muchos de los buenos jugadores regresaron a la zona, y hoy se ocupan del rugby infantil de sus hijos. Quince días atras se jugó en su cancha una fecha del Torneo de Seleccionados mayores y estuvo allí el de Buenos Aires, al cual el del Alto Valle le jugó de igual a igual, al menos durante el primer tiempo, en partido televisado para todo el país. La verdad es que no lo podía creer, recordando aquellas frías noches invernales cuando los chicos practicaban bajo unas débiles luces, y yo les esperaba en el auto, porque estaba más calefaccionado que en el bar
     Yo nunca fui un buen jugador, pero me gustaba mucho jugar, y teníamos un equipo bastante bueno, con figuras que luego -varias- hicieron historia en el rugby nacional. Así, por ejemplo, Lucho Grandín, con quien compartíamos la tercera línea -los dos alas- antes que se fuera -por razones de amistad, a jugar al Belgrano, y de ahi hasta ser el capitán de los Pumas no paró, y luego entrenador de este Seleccionado durante muchos años.
     Mi etapa llegó hasta los 21 años en que jugaba en la reserva, y dejé porque me tocaba hacer la conscripción y además no quería perder mi año de estudios. Una pena.....mirando desde la distancia que importanba un año más o menos de estudio frente a la posibilidad de seguir jugando, pero de esas decisiones juveniles, muchas veces, los que ya somos viejos, nos arrepentimos y nos juramos que de tener otra oportunidad, lo resolveríamos distinto. Aun al día de hoy recuerdo el que fue mi último entrenamiento, en la cancha No. 1 del Sic, de noche, al igual que aquel primero, y mientras corría pensaba que era el último, por un tiempo, pero ya no volví más y han pasado cincuenta años. Cuando un día volví al Sic, muchos años después, lo hice con mucha verguenza, con la sensación de haber abandonado el barco, junto a la idea que -quizás- mi hijo mayor pudiera reivindicarme

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( La 5ta. del Sic año 1958 - Yo soy el primero de arriba con camiseta)



       Cuando Rodolfo comenzó a jugar yo lo seguía, sábado a sábado, partido tras partido, quizás como lo había hecho Gringo conmigo que se venía hasta el Sic a pesar que vivía en Bs.As.. En cambio a mí me resultaba más fácil, no sólo porque ese era el club de mis amores, sino que estaba cerca de casa y jugaba junto a varios hijos de antiguos compañeros míos, con alguno de los cuales nos juntábamos detrás de la línea del line a seguir las alternativas de los partidos, tomándonos varios cafés para apaciguar el frío de las mañanas en invierno y disfrutando luego de algún choripan y un vasito de vino.
     Allí jugó varios años, con diversa suerte; a mí lo que me gustaba es que Rodolfo no bajaba nunca los brazos y seguía luchando por mantener su puesto, que nadie le iba a regalar y que él sabía que lo debía conquistar. Y así siguió siendo siempre (¿ escuela de vida el rugby?) y a mí me encanta porque a pesar de mis grandes defectos como padre, así traté de formarlo al educarlo y estoy feliz de que todo eso hubiese dado resultado, y un poco me reivindica y me conforma. Es que además, pensando en ustedes, mis nietos que son sus hijos, creo que les pude entregar un padre cabal, y que entre abuelo y nietos hemos terminado de forjar, por supuesto que con su inestimable colaboración, pero sin olvidarnos que ustedes lo hicieron padre y yo -bien o mal- procuré dotarlo de las herramientas para que pudiera manejarse como tal, cuando le llegara su hora.
     Cuando llegamos a vivir al Neuquén, Rodolfo tenía 15 años y no conocía a nadie. Yo traté que pudiera estudiar en el mejor colegio que mis ingresos me permitían, y que fue el Don Bosco, de curas salecianos, y resultó fantástico que se enganchara a jugar en otro lugar -en Cipolletti- adonde -ya lo dije- a mí me parecía que había un espíritu más cercano al que que gustaba como formativo, y en donde podía encontrar otros amigos, diferentes de los del colegio, provenientes de este ambiente. Y así fue.
     Se enganchó muchísimo en Marabunta con el rugby y de allí finalmente salieron la mayoría de los amigos que recogió en el Valle, más que del colegio, aunque alguno de estos también sobrevivió al tiempo. En Cipo, además, la conoció a Lucía, que jugaba al hockey -y muy, pero muy bien- en el mismo club, y que vivía en Cipolletti. Rodolfo seguía jugando muy bien y con "muchas bolas"; a mí me seguía gustando verlo jugar y sentía un orgullo inmenso. Varias veces salieron campeones; integró el seleccionado juvenil del Alto Valle -algo así como los pumitas de la zona- y llegó a jugar en la primera del club.
    Después se fue a estudiar a Buenos Aires y allá comenzó -esta vez sólo- una nueva batalla en el Sic, ya por entonces uno de los mejores clubes de rugby del país y hasta del mundo. Me encantaba cuando me contaba de sus proyectos, que siempre eran de superación, y que siempre lograba concretar e inclusive, superarlos. Si había empezado el año en una división "C", quería terminar jugando en la "A"....y no solo lo lograba sino que además ascendía a un equipo de una categoría superior, y así seguía, año tras año.
    Rodolfo, chicos -y no lo digo porque es mi hijo- jugaba muy bien; con pasión pero sin ser sanguinario; con fuerza, pero sin agresión; con lucidez personal pero sin personalismos, siempre en función del equipo, como es el rugby que yo siento y que me inculcaron. Pero no pudo llegar al tope, aunque con seguridad lo habría logrado y hubiese marcado -estoy seguro- un lugar en el rugby con nombre propio, por lo menos en el Sic que es como decir en lo mejor del rugby, pero no quiso.
     A mí me dolió mucho su decisión -¡ no lo puedo ocultar l!!- pero era la suya, como casi treinta años antes yo había tomado la misma, y por las mismas razones: el estudio universitario. Le faltaban pocas materias para recibirse y quería hacerlo; además trabajaba y nuestra situación económica no permitía que lo dejase; y además el rugby se ponía cada vez más competitivo y exigente. Por otra parte había que comprender que luego de siete años de noviazgo, era lógico que se quisieran casar.
     Y así un buen día resignó el rugby, en Intermedia, cuando estaba a punto de llegar a la Primera, pero optó, optó por su carrera, por sus urgencias, por la familia que quería comenzar a formar, es decir, en cierta forma optó también por ustedes, los que son sus hijos. De tal manera y aunque yo no compartiese esa decisión -quizás por mi propia frustración de haber también abandonado el barco antes de tiempo- aunque creo que nunca se lo dije lo entendí y valoré lo que sin duda para él debió haber sido un enorme sacrificio.
     Creo que estuve cuando jugó su último partido, que fue en Cuba, en la cancha principal; me parece que por entonces no sabía que lo sería, y recuerdo que jugó muy bien, aunque no pudo terminar por alguna lesión, o bien porque lo reservaron por si debía entrar en el partido de primera, al que no entró. Estuve así, por esas coincidencias tan casuales, el día de su primer partido y el de su despedida, como una vida breve, con principio y fin, como un lindo cuento o una pequeña historia, pero que sin duda ha dejado en Rodolfo huellas muy profundas, en amistades, recuerdos y sobre todo, principios y valores.



     Siguiendo con el relato y confirmando la importancia que el rugby siempre ha tenido en la familia, la historia siguió con Francisco -Fran- que había empezado jugando desde muy chico en Marabunta, quizás muy forzado por mí, porque seguramente no estaba entre amigos sino entre los amigos de sus padres, que como todos sabemos no es lo mismo. En algún momento logró expresarlo, decir que no le gustaba, que le parecía muy brusco, etc.; ¡ no tenía ganas ! punto. Era suficiente.
     Muchos años después, sin la presión de su padre y en circunstancias en que el diálogo se había interrumpido entre nosotros, volvió a jugar, de la mano de amigos -claro está-, en Marabunta, en donde integraron junto a Sebastián Nuñez una memorable segunda línea que jugaba muy bien, al punto de haber sido convocados también ellos para integrar el Seleccionado Juvenil del Alto Valle, menores de 19, y lució "la verde", aspiración máxima de todo chico que entra a jugar en una cancha: integrar el seleccionado. Yo no lo vi jugar mucho por esas cuestiones de distanciamiento entre nosotros, pero alguna vez fui a la cancha y seguí sus jugadas desde la tribuna, disfrutando internamente y conmigo, más algún grito de aprobación que se me pudo haber escapado
      Y tal como pasa con la mayoría de los chicos en el Valle, también a Fran le llegó la hora de partir hacia Buenos Aires, a completar su educación con estudios universitarios que por allá tienen mejor nivel académico y por entonces pensaba que esto tenía mucha más importancia de la que hoy en día le asigno, ya que hoy por hoy priorizo las bondades del continuar un tiempo más viviendo en la familia, que lo formativo para lo cual siempre hay tiempo más tarde, en cambio aquel compartir, una vez que se pierde se termina.
     En Buenos Aires se planteó en donde seguir jugando, porque óbviamente el bichito del rugby ya le había picado; pero no tenía muchas ganas que acompañarlo a Tan Nuñez al Champagnat -a pesar de una pasajera ilusión de mi querido cuñado, Modestino- de modo que se resolvió por el torneo universitario, haciéndolo para la Universidad del Salvador en la que se había inscripto, pero no le resultó ese rugby casi de aficionados y entonces, siguiendo amigos, porque el rugby no es más que eso: un grupo de amigos que se divierten tratando de ganarle a otro grupo de amigos, y empezó a jugar en Liceo Naval, un club que competía por el campeonato de la 2da. división, en Menores de 21.
     Después esos amigos quedaron en el camino, por distintas razones, pero ya tenía otros, en el mismo club, y allí siguió, muy entusiasmado, al punto que al año siguiente ya estaba jugando en el plantel superior, en Pre Intermedia y no como segunda línea sino en la tercera, que era el puesto en el que realmente quería jugar. En el 2004 el Liceo ascendió a la Primera División y ese año Fran jugó en Intermedia, tanto de segunda (con la cara fruncida) como de tercera (ala u ocho), mucho más feliz. No feliz por los resultados que tardaron en llegar ya que por lo general ganaban los amigos del otro equipo, pero sí feliz de poder practicar ese deporte que tanto le gusta, y en el que siguió jugando, con suerte variada, durante varios años más, hasta que golpes y caídas fueron minando su físico y sobre todo sus piernas y rodillas, hasta que dijeron ¡ basta !!
     Sin embargo, Fran sí tuvo la posibilidad de jugar en Primera, y como tercera línea, lo cual fue una alegría inmensa, por supuesto para él, pero también para mí porque finalmente Francisco ha logrado lo que ninguno de nosotros había podido, ni Gringo, ni Rodolfo ni yo, al igual que lo hiciera en la generación anterior a la mía Horacito,  hermano de papá, que jugaba de apertura en Cuba hace muchos años.
     A pesar de vivir lejos, tuve la alegría de poder verlo jugar a Fran en el Liceo, varias veces, con su propia personalidad, comprometido en sus justos límites, solidario en la defensa de sus compañeros y lúcido en las jugadas de las que participaba, pero no le pidamos que corriera mucho....jajaja.
 A mí me divertía ver como aquel que renegaba por tener que ponerse la camiseta las mañanas de los sábados, ahora no se perdía ningún entrenamiento y estaba pendiente de todo lo que pasara con su equipo, que participaba de la vida del club al márgen de los partidos (terceros tiempos, asados, festejos, etc.) con tanta alegría, y  que finalmente se haya enchufado tanto con el grupo y con el club, porque todo eso significa mucho y habla de una personalidad solidarias y amiguera que, para el resto de sus días le será muy útil, porque vaya por donde vaya siempre va a encontrar a algún grupito de personas que van a palpitar a su propio ritmo y que hará que no se sienta sólo o diferente en ningún sitio, como me pasó a mí aquella primera noche que pise una cancha de rugby en San Isidro o como muchos años más tarde me acerqué a Marabunta, apenas llegados al Neuqueén.
     Se que sigue actualmente ligado a su club como entrenador de divisiones inferiores....al igual que lo hace Rodolfo en el suyo.....actitud fantástica que permite que el rugby se siga rigiendo con los mismos principios -por más que cambien y se modifiquen sus reglas- pasándonos la posta de generación en generación, para que todos podamos disfrutar, finalmente, de una pasión que nos es común.


               


     Y hablando de generaciones venideras, tenemos en acción actualmente a los integrantes de la cuarta parte de esta historia: la de mis nietos. Quienes lo hacen son Manuel y Benjamín Rivarola, en el Regatas de Bella Vista adonde viven desde hace unos cuantos años. No los he podido ver jugar aún, de modo que no puedo deslizar ningún comentario todavía.....pero en fin, supongo que ya tendré tiempo como para hacerlo.

     En cuanto a mis dos hijos varones -ya veteranos- ambos han seguido vinculados a este querido deporte como entrenadores de divisiones inferiores, que es algo así como volver a comenzar inculcando los mismos principios que en su momento recibieron, para hacer como una cadena ininterrumpida en el tiempo que nos permita a quienes nos gusta el rugby, seguir disfrutando del mismo, tal y como ha sido siempre, a pesar de las modificaciones permanentes de sus reglas, pero no de su espíritu

     Finalmente, la incorporación más reciente de la familia al mundo del rugby es la de mi nieto Santiago Giaccio (Tati), que al igual que su padre, viste los colores de Cuba.....aquellos mismos con los que saliera a la cancha mi padre hace como 80 años, dando una vuelta de tuerca completa a la rueca de la historia.¡ Que increíble no? Bueno, Tati está empezando.....le auguramos desde aquí un futuro deportivo exitoso....se que por ahora le mete mucha garra y pasión...es muy buen comienzo



                                                             (muy bien perfilado ! )


                                                        (los primeros chichones)    
   
      

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