martes, 18 de noviembre de 2014

Nacimientos.-


     Rodolfo Quinto fue el primero de mis hijos, y nació en la madrugada de un 6 de mayo, en el año 1970. No debería haber llegado en esa fecha, sino aproximadamente un mes más tarde, pero Patricia, con entonces escasos 22 años recién cumplidos, se había pasado toda la mañana del día 5 haciendo unos arreglos florales en el altar de una iglesia para una ceremonia que se tenía que celebrar por la tarde.
     Parece que allí, en la iglesia, hacía muchísimo frío y, además, después siguió en actividad durante todo el día, haciendo compras, arreglando la casa y creo que hasta subiendo por la escalera hasta el 7o. piso de un edificio en la calle Marcelo T. de Alvear en donde vivíamos porque ese día no funcionaba el ascensor. Lo cierto es que a la noche, ya acostados para dormir, comenzaron repentinamente a hacerse cada vez más intensas las contracciones que preceden con sus dolores la llegada al mundo de un nuevo habitante.
     De allí siguieron los llamados telefónicos al médico (el doctor Domingo Pujato); el control del tiempo que mediaba entre una contracción y la siguiente; los lógicos temores y nerviosismos frente a lo desconocido que se avecinaba, con una mezcla de ansiedad y deseo de ver terminado -bien- ese suceso irrepetible que es "el comienzo de una nueva vida". Lo que aceleraba todo el proceso fue que se había salido "el tapón" que -se supone- es algo orgánico que impide que la vida se escape, así como así.
     Fuimos caminando una cuadra hasta el Sanatorio del Diagnóstico adonde estaba reservado un turno desde bastante tiempo atrás. Lo hacíamos muy lentamente y cada tanto Patricia se apoyaba en las paredes hasta que la contracción cesaba en su intensidad; tengo aun grabados -a pesar de haber pasado desde entonces 45 años- ese rostro agobiado de aquella chica-grande, con su vestido azul enorme junto a un bolso preparado con todo apuro.
     Los varones no podemos ni siquiera imaginar lo que implica el dar a luz de las mujeres; sus angustiosas esperas en un proceso sin lugar a dudas tremendamente doloroso que, ante lo desconocido de la primera vez o ante el recuerdo inminente de su repetición en las que siguen, las torna extremadamente sensibles. Lo ignoramos -repito- desde siempre y en general no solemos hacernos carne de lo que para ellas significa ese tremendo momento. Vaya desde aquí un reconocimiento muy sincero también para mi madre y para mis hijas y nueras que con el correr de los años lo han experimentado.
     Llegamos al Sanatorio tarde, serían la 1 ó las 2 de la mañana y se nos hizo interminable la tramitación previa.....¡ hasta allí llega la eterna burocracia !!; luego subimos en un ascensor y nos instalaron en un cuarto -a la calle- la ruidosa -aun a esa hora- Marcelo T.; y luego vino una enfermera y...."el papá por favor afuera" y bueno....si no queda otro remedio....a esperar en el pasillo mientras diferentes enfermeras se iban sucediendo una tras las otras, en una cadena de rostros desconocidos, pero casi todos semejantes.
     De repente una figura femenina de importante porte ocupó a lo lejos el final del pasillo en el que me encontraba, figura que despaciosamente se fue agigantando con pasos bien firmes y sonoros hasta que también ella, con gran naturalidad, ingresó en la habitación, para luego salir inmediatamente y decirme que todo venía muy rápido, que se llamaba Alenka y que era la partera que colaboraba con el médico, al cual llamaría para que viniese ya.
      Luego llegó una camilla en la que trasportaron a Patricia a dar comienzo, en cierta forma, a la familia, y la seguí luego de haberla despedido con cierto temor, porque tenía muchos nervios, hasta que una puerta la apartó de mi vista y entonces me refugié en un cigarrillo, y en otro (sí...aunque parezca mentira, entonces fumábamos aun en los Sanatorios), hasta que reconocí la voz del médico que me invitaba a presenciar el nacimiento, y no lo dude ni un instante.
     Al verme luego en un espejo, vestido de médico, la verdad es que me pareció que tenía más pinta de carnicero, pero eran tal mis ganas por estar cerca que sintiéndome totalmente ridículo entré en la sala en donde ella se encontraba en un grito. ¡ Me sentí tan inutil !! Me asignaron una tarea totalmente secundaria, como era la de mantener la mascarilla de gas junto a su rostro, en tanto le ayudaba -dándole ánimos- a mantenerse erguida frente a cada nueva contracción, mientras ella hacía toda el esfuerzo que sus fuerzas le permitían, alentada y ayudada por todos los presentes.
     ¡ Que fuerza ! ¡ Cuantas ganas ! " Parirás con dolor" -señala la Biblia- omitiendo decir que en ese mandato estaba implícito otro " Parirás con tanto amor como sea necesario para superar el dolor". Esa noche supe porqué el amor de una madre no tiene límites.
      Después de un  tiempo en esa lucha.....llegó ¡ un varón !! - como escuche decir con mucha alegría ya que por entonces no se conocía el sexo del por nacer hasta nacido-.....luego de un esfuerzo casi sobrehumano de su madre y un deseo mío para que todo eso terminara de una buena vez, y entonces a todos nos invadió una gran alegría, por haber podido ser testigos del nacimiento de una pequeña nueva vida, en un proceso tan del principio de la humanidad, pero que no por repetido deja de asombrar siempre a quienes se nos permitir presenciarlo.
     Dicen que al morir, cuando lleguemos al lugar adonde debamos ir, nos esperarán caras muy queridas que nos darán la bienvenida....y en cierta forma....cuando nacemos ocurre algo semejante....y por eso aquella madrugada, ese grupo que compartió la experiencia en esa Sala, festejó con tanta alegría, como si fuera el único....el primero...o el último de los nacimientos.
     Era un varón. Tengo que reconocer que ese era mi deseo; no es que si hubiese sido una mujer no la quisiera igual, pero esos preconceptos que a veces tenemos algunos hombres, no se bien porque razón, me habían ilusionado de que sería un varón....y allí estaba, muerto de frío y muy pero muy chiquito, quien ya era Rodolfo...otro Rodolfo.....el quinto Rodolfo Rivarola.
      Muchos años después, concretamente 25, tuve la suerte de poder estar también presente para el nacimiento del mayor de mis nietos, en un proceso que fue exactamente igual, y allí estuve junto a aquel Rodolfo, a quien habían invitado a salir de la Sala porque Manuel -ya todos sabíamos que era un varón- no lograba salir de su encierro y fue necesaria una cesárea. Realmente no lo sé -queridos chicos- si cuando lean este comentario tendrán o nó la experiencia de ser padres o madres.....pero sí se perfectamente lo que van a sentir cuando esto ocurra, el día del nacimiento del primero de sus hijos,  porque ese sentimiento nos iguala a todos y estoy seguro que así seguirá siendo a lo largo de los tiempos.....por más adelantos científicos que se logren.
     Pero volvamos a la historia; así nació Rodolfo Quinto....¡ que alegría ! Por cierto ¡ que alegría ! Después llegaron mis padres -Brunita y Gringo- y todos juntos nos quedamos aguardando que nos mostraran al recién nacido, quien finalmente apareció detrás de un vidrio, cubierto con una mantita celeste y muerto de frío ya que al propio le acumulaba el que sintiera su madre esa mañana, colgada de un altar y adornando floreros.
     Lo que entonces más me impresionó fue su carita.....desprotegida.....asustada....arrugada....parecía la de un hombre grande.....pero en un cuerpo chiquito y muy flaquito, propio de quienes llegan al mundo antes de lo previsto. Hoy, cuando puedo ver por vez primera a alguno de ustedes, no puedo dejar de acordarme de aquel primer encuentro, y en seguida saltan los comentarios respecto de los parecidos o diferencias con aquel, aun cuando normalmente suelo encontrarles "ese aire familiar" a la mayoría.
     El nacimiento del mayor de mis nietos -Manuel- fue diferente. Primero por el lugar, en el Sanatorio del Cemic que funciona dentro del Hospital Rivadavia, sobre la Avda. Las Heras; luego por la hora, la siesta y finalmente el calor: fines de diciembre. En la sala de espera los cuatro abuelos; Gringo esperando a su primer bisnieto, y las flamewntes tías: Margarita, Sole, Mariana y Meli; detrás de una puerta de vidrio, Rodolfo -bastante angustiado- y yo que le hacía compañía, recordando precisamente su propio nacimiento.
     Pasado un buen tiempo nos avisaron que finalmente todo había terminado bien....y lo vimos pasar al primer miembro de la nueva generación, en brazos de una enfermera, porque tenía alguna dificultad respiratoria producto del intenso trabajo al que fuera sometido, y sería conectado a un tubo de oxigeno durante unas horas, hasta que recuperara su propio ritmo. Entonces, para alegría de todos, lo llevaron a la habitación de Lucía y así comenzamos a disfrutarlo....y a darle la bienvenida a esta gran familia que es el mundo.
     Se acercaba Navidad, y así como hacía muchos, pero muchos años, en una tarde del 24 de diciembre, en circunstancias bastante parecidas, había aparecido yo por este mundo....y como algunos años después había llegado el día anterior al de la Nochebuena, Lucía, los festejos de tu llegada que se irán sucediendo a lo largo de los años nos unirán a los tres -y  también a Angie, que llegara al mundo el mismo día unos años después- casi sin darnos cuenta, el 22, el 23 y el 24, y nos hará sentirnos muy juntos a la hora del festejo mayor, el de la Navidad.
     A lo largo de los años posteriores fueron llegando más hijos, cada uno en circunstancias diferentes, pero siempre muy deseados.....y sobre todo mujeres, como para escarmentarme de aquella primera ilusión machista.....y en su momento esos hijos comenzaron a su vez a ser padres, prolongando así en el tiempo a esa pequeña familia inicial, que una noche invernal caminaba por aquella calle de Buenos Aires, rumbo a un destino desconocido, con tanto temor como ansiedad  
                                                                   
                                                                 
   
                                                                    (  Con Guada  )

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