jueves, 20 de noviembre de 2014

Navidades


     El día en que mi nieto Manuel -recién nacido- salió del Sanatorio lo llevamos directamente a una fiesta....porque era el 25 de diciembre....¡ Navidad del 94 !! y en lo de los Córdoba en San Isidro, desde hacía unos años...nos veníamos reuniendo en la mañana de Navidad todos los vinculados a la familia Grehan que anduviéramos por la zona, para compartir juntos esa alegría que siempre provoca esa fecha.
       La de ese 1994 fue muy divertida; de ella existen una filmación y muchas fotos que en algún momento habrán visto, y de la cual nos quedará para siempre el recuerdo de haberla podido compartir con el primero de la tercera generación de los doce Grehan-Gándara, así como casi 25 años antes muchos de los que allí estábamos nos habíamos reunido para festejar con el primero de la segunda generación de los doce, que fue Rodolfo Quinto.
     En esta primera Navidad de Rodolfo, que festejamos en la casa de Punta Chica en calle Gaspar Campos 519 adonde los doce hermanos habían vivido junto a sus padres. Era el año 1970 y, como era una tradición de muchos años en esa casa, Dermot -uno de los bisabuelos maternos de todos ustedes- había preparado un pavo relleno que aterrizaba en la mesa en medio del aplauso generalizado de todos y aclamaciones de alegría.
     Como ocurría en todas las Navidades, Dermot venía preparando esa fiesta desde muchos días antes, con un gran cariño y la misma ilusión en todos sus hijos, respondiendo a una tradición, seguramente irlandesa. Todos los años se preparaba el mismo menú: melón con jamón, después el pavo al horno, relleno y acompañado de puré de papas y de postre "pan pudding" que era tipo una torta muy rica, preparada desde varios meses antes, ya que había que dejarla secar.
     En el momento de llevarse a la mesa la rociaban con whisky y le prendían fuego, de modo que llegaba encendida como si fuese un volcán. No a todos les gustaba el postre -que realmente era muy seco, del estilo de la torta galesa (no se si la habrán probado alguna vez), pero a todos nos enloquecía el espectáculo. En cuanto a las bebidas, el bisabuelo preparaba un delicioso y fresco clericó con rodajas de ananá, vino blanco y champagne,  que aun hoy yo preparo para las fiestas.
     Cuando Dermot murió, a días del nacimiento de Meli en 1977, sus hijos, sus nietos y nosotros, los que como novios o esposos nos habíamos ido incorporando a los doce hermanos, nos seguimos reuniendo siempre a la hora del almuerzo del 25 de diciembre, por lo menos quienes por esa fecha anduviéramos por Bs.As., ya que con el correr de los años aquellos originales doce se fueron radicando en diferentes lugares, algunos muy distantes, de manera que nunca ha sido fácil reunirlos a todos.
     Pero mientras la casa de Punta Chica no se vendió, los encuentros navideños los celebrábamos allí; después en lo que fue la casa de Mamama (la bisabuela Maria Luisa a quienes sus nietos apodaron así) en la calle Chacabuco; alguna vez fue en nuestra casa pero con el tiempo quien siempre nos recibió para esa fecha fue la tía Josefina, la madre de los Córdoba, que tenía la casa más cómoda y con un jardín bien grande, con la misma alegría de aquellos años anteriores y respetando bastante el mismo menú, cuando se podía.
     Es cierto que el pavo, después, se transformó en asado; que el melón con jamón en empanadas; el puré en ensaladas y el "pan pudding" en helados, pero siempre se siguió con el clericó de vino blanco y champagne, que preparaba yo y que aun lo sigo haciendo para las fiestas, pero siempre fue con la misma alegría de entonces. A una fiesta así lo llevamos a Manu el 25 de diciembre de 1994 en lo de Córdoba, para pasar con nosotros -los de la segunda generación- su primera navidad un integrante de la tercera.
     Además de los Córdoba -que estaban todos-, ese día también estaban todos los Cilley con un par de novias, nosotros que habíamos viajado desde Neuquén, los Grehan del Chaco -Santiago y familia- y de San Isidro -Tomás y familia-, los Vilará, los tios abuelos de ustedes, Tere y Loui -aun solteros los dos-, Luisita, la tía monja del María Auxiliadora, y todos los García Haymes, grandes amigos de siempre, y mezclado con todos ellos el bisabuelo Gringo, ya viudo, que cuando estábamos nosotros se unía a los festejos.
     Para proteger al recién nacido, Lucía se refugió en el dormitorio matrimonial, grande, espacioso y fresco, que además daba al jardín, porque además del bullicio hacía un calor y una humedad insoportables, de esos típicos de fines de año en Bs.As. El niño prácticamente durmió todo el tiempo, ante la mirada absorta de todos los que pasábamos "a adorarle", como suele hacerse en los pesebres con el Niñito Jesús,
     Y así sus abuelos, tíos, bisabuelo, tios abuelos, sus hijos y todos los demás nos fuimos acercando, de varios o en forma individual, tratando de no molestarle y -en mi caso- pensando en Navidades del futuro en el que, seguramente, lo tendría por protagonista más activo y en compañía de  hermanos y primos que le seguirían en el camino familiar, en festejos que bien podrían cambiar en cuanto a las costumbres y los sitios del encuentro, pero siempre con ese sabor especial que tiene la Navidad, cuando comienza el verano
     Los recuerdos que tengo de mis Navidades, siendo chico, son del Tigre, adonde pasábamos los veranos en una quinta muy grande, con un jardín inmenso, que era de mi tía abuela Celina Rodriguez (hermana de mi abuela Lía), quien vivía allí con su hermana Sara, Gloria -una primera de mamá- y varias personas más. Allí, junto a la familia materna de mi madre -los Rodriguez- pasábamos la noche del 24, mientras que el 25 -por la tarde- nos reuníamos con los Rivarola en lo de mis abuelos.
     Cuando la bisabuela Brunita -mi mamá- perdió a su vez a su madre, a los 17 años, su abuela Celina se la llevó a vivir con ella y con su marido, el Gral. Victoriano Rodriguez, y cuando unos años más tarde este murió, la tía Celina -a quien llamábamos "Maina" -por madrina, de Gloria- se llevó a todos a vivir a su casa en el Tigre, en donde con toda seguridad festejaban la Navidad con una gran cena en la noche del 24, y así se siguió celebrando cuando mis padres se casaron y llegamos nosotros, sus hijos.
     No tengo muy frescos los recuerdos de esos encuentros, con seguridad porque me quedaría dormido, pero sí recuerdo que se armaba un enorme árbol de Navidad, en el comedor, adornado con muchas lucesitas de colores, que a mí me parecía extremadamente grande, quizás por mi pequeño tamaño. También me acuerdo que íbamos a misa de las 12 de la Noche -que se llamaba de gallo, por lo tarde que comenzaba- y a mí me costaba mucho llegar despierto hasta esa hora, pero con un poquito que durmiera en la iglesia más la ansiedad por ver los regalos, lograba llegar despierto, hasta después de comer, más o menos como a las dos de la mañana.
     Me veo caminando por las calles rumbo a la iglesia y luego retornando, en unas noches espléndidas, bien arreglado con un pantalón corto y camisa blancos y las rodillas limpias, mientras en el aire el perfume de los jazmines de los jardines po donde pasábamos nos acompañaba, mientras desde el cielo miles de estrellas nos contemplaban desde millones de años luz..
    No me acuerdo si a nosotros, los más chicos, también nos hacían esperar para abrir los regalos hasta terminar de comer, o si nosotros lo hacíamos más temprano y al llegar nos mandaban a dormir hasta la hora de abrir los regalos que, invariablemente, era después de cenar y ese momento ¡ no llegaba nunca !
     Cuando Lía y yo tuvimos nuestros propios hijos seguimos con esa tradición de ir a misa a la noche, aunque era más temprano, tipo 8, para abrir los regalos recién después de haber comido todos juntos, con Brunita y Gringo, las tías del Tigre que ya vivían en Bs.As. y algún que otro solitario que siempre se sumaba.
     Primero la juntada fue en lo de mis padres, hasta que una vez, volviendo a nuestra casa en San Isidro con Rodolfo y Magie -de 10 meses-, el Citroen en el que volvíamos al pasar por un charco grande de agua, detuvo su motor y ahi se quedaron la madre y los pequeños aguardando muy asustados en la noche que yo pudiera encontrar alguna ayuda, lo que recién logré al cabo de tres horas.
     Estaba a la altura del Aeroparque y desde ahi me fui caminando hasta tomar un tren en la estación Belgrano, porque no había ningún taxi que pasase, después me subí a un colectivo hasta la casa de un amigo en Las Heras y Pueyrredón adonde llegué con luz de día, me prestó su auto y volví por los míos más o menos a las siete de la mañana, regresando a San Isidro en medio de llantos y broncas. Regresé a buscar nuestro auto a media mañana -sin haber dormido-, arrancó como si nada y encontré la billetera y el anillo que Patricia había escondido por si los asaltaban.
     Más tarde, el habitual festejo con los Grehan del mediodía del 25 fue tan feliz y alegre como siempre, pero esa noche resolvimos que sólo festejaríamos la Nochebuena, de ahi en más, en nuestro propia casa, adonde se acercaban los Pizarro y mis padres.
     Alrededor del 10 de diciembre armábamos el arbolito, o mejor dicho, lo armaba ante la mirada alegre, sorprendida y cuidadosa de mis hijos; siempre era el mismo arbolito, que teníamos desde nuestra primera Navidad, junto al cual invariablemente armaba un pesebre -sólo con María, José y el Niño- al que en cada año le buscaba una forma diferente. En cuanto al arbolito siempre tuvo el mismo tipo de adornos y luces de colores, que se iban reponiendo año tras año, a medida que los años o las manitos de los chicos los rompían.
     En la Noche de Navidad, casi siempre a la hora de abrir los regalos y cuando los chicos estaban medio dormidos, solía aparecer Papá Nöel. A veces era yo quien bajaba vestido con lo que encontrara y una gran barba de algodón, entre los gritos de alegría, sorpresa, temor y desconfianza de los chicos. Después fue Rodolfo Quinto quien heredó la faena y alguna vez recuerdo que también lo hizo Meli, porque a medida que pasaban los años los más grandes querían que los más chiquitos pudieran tener esa misma experiencia, mezcla de alegría y temor, que provoca siempre la cercanía de quien, en el fondo, todavía no tenemos la certeza plena que no fuese una leyenda.
     Se está acercando la Navidad de este 2014, y parecería que van a venir algunos nietos a pasar esa Noche en casa; de modo que luego de renovar una vez más mi pesebre con leños y figuras, junto a un árbol que en casa arma con toda paciencia Anamá junto a Santi, su nieto, casi con seguridad que volveré por los disfraces, para que siga esa feliz costumbre del encuentro mano a mano con Papá Noel, el mismo que yo pude experimentar una Navidad del año 1950 en Pinamar.
     Pasaran los años, pueden cambiar las costumbres en torno a la forma del festejo; quizás alguno de ustedes se puede encontrar para esas fecha en algún lugar lejano, pero seguramente en algún momento alguien, con cualquier excusa se levantará de la mesa y rápidamente buscará en los roperos algo que ponerse para estar a tono con el gordo personaje; rápidamente le crecerán blancas barbas y luego irá al encuentro de los demás, de sus hijos, hermanos, novios, amigos....de todos.....y la historia se repetirá una vez más, cambiando solo de protagonistas y espectadores, pero dejándonos a todos -a lo largo de los años- esa enorme felicidad que a grandes y chicos nos deja y nos dejará siempre la Navidad !!


                                                               

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