sábado, 22 de noviembre de 2014

Pausas


     A veces la vida, queridos chicos, nos sorprende con algunas pausas, de esas que nos dejan pensando sobre el sentido de las cosas. Uno de esos momentos ocurrió a fines de enero del año 1997 en la familia de Rodolfo y  Lucía que por entonces vivían en Bs.As. junto a sus hijos pequeños, Manuel y Juan Cruz. Es cierto que el propósito de estos relatos -como les puse en la presentación- es el de recordarles a ustedes, habitantes del siglo XXI, sobre formas de vida del nuestro, el XX, no puedo dejar de contarles lo ocurrido ese día en esa pequeña familia, y sobre todo para los que vinieron luego, a otras pequeñas familias, desde la visión del abuelo.
     Era un domingo y los cuatro más Patricia se habían pasado la tarde en la casa de Maureen, en Victoria, bañándose en la pileta y disfrutando de un lindo día de descanso. Después, la acompañaron a la abuela al Aeroparque, Lucía se fue a Misa y Rodolfo y los chicos se fueron para el departamento. Ese día había hecho muchísimo calor y aun a esa hora seguía siendo intenso, de modo que Rodolfo llenó la bañadera con agua fresca y los metió en el agua para que se refrescaran un ratito.
     En un momento escuchó ruido de agua que caía y corría afuera de la bañadera y al llegar al baño vió que Manu con sus manitos estaba tratando de sacar el agua para afuera, mientras su hermanito estaba caído boca abajo en el agua. La desesperación del padre, desde luego, fue inmensa, lo tomó a Juan Cruz y procuró hacerle respiración boca a boca, pero como no reaccionaba salió corriendo con los dos, le pidió a un vecino que se quedara con.Manuel y partió corriendo con Juancho -como le decía su hermano- hacia un Hospital cercano.
     Allí trataron de hacerse recuperar la respiración y enr un momento su corazón comenzó a latir de nuevo, pero la alegría duró un instante: la falta de irrigación del cerebro había durado más de lo posible y la lesión cerebral que tenía se hizo irreversible y entró en coma, es decir, que perdió todos los sentidos vitales. Su cuerpo estuvo sin embargo luchando un tiempo, con la ayuda de los médicos y ante la desesperación de los padres, pero más o menos a las dos o tres de la mañana, su corazón dejó de latir, esta vez para siempre.
     Después vinieron momento muy dolorosos, para todos: sus padres, Patricia que ni bien llegó a Neuquén tuvo de volverse al día siguiente...y para sus otros abuelos que también estaban en Cipolletti. Nosotros con Fran y Gloria nos habíamos ido a pasar unos días a Puerto Madryn y no nos enteramos de nada hasta el mediodía del día siguiente, porque justo habíamos hablado con Mariana a la tarde del día anterior y nos dijo que todo estaba bien, así que desconecté el celular, en el que nos habían tratado de ubicar durante toda la noche.
     Conseguimos volar desde Trelew a Bs.As. adonde llegamos más o menos a las 5 de la tarde, y el encuentro con Lucía y Rodolfo realmente fue muy pero muy duro. No se dan una idea de lo que es ver sufrir así a los hijos, desconsoladamente, y no poder hacer absolutamente nada. Es la impotencia total!! Además  no podemos entender  porqué suceden estas cosas que para nuestras limitadas inteligencias resultan totalmente incomprensibles.
     Con su otro abuelo  fuimos a buscar el cuerpito a la morgue, porque al haber fallecido en un accidente le tuvieron que hacer una autopsia, y lo llevamos al departamento de Gringo adonde pasamos la noche acompañando a sus padres, rodeados de muchísimos amigos y otros miembros de las familias. Allí celebró una misa durante la madrugado un viejo amigo mía de cuando era soltero, Gustavo Frias, que lo conoció a Rodolfo de recién nacido y a quien siempre lo quiso mucho. El era quien pocos meses antes lo había bautizado.
     A la mañana siguiente, antes de salir para el cementerio, llegó Manuel con toda su desbordante alegría, llevándose todo por delante, con el desparpajo propio de sus dos años. A mí me impresionó un poco que lo hubiesen llevado porque no sabía bien que efecto o impacto podía causarle todo; sin embargo ya ocurrido creo que para él debió haber sido bueno poder despedir a su hermano, aun sin entenderlo mucho. Al llegar a Pilar bajamos el cajoncito y en una capilla un sacerdote rezó alguna oración; yo lo miraba a Manu, en brazos de su padre y ambos junto a Lucía y no lo podía creer.
      ¡ Que fortaleza la de esos padres !! ¡ Que no hubiese dado por hacer algo por ellos en ese momento.....algo que calmara un poco su dolor ! Y también por Manuel que parecía como ausente de lo que allí ocurría, pero que seguramente en su cabecita iba registrando todo. Rodolfo se acercó a la tumba recién abierta y en donde había sido dejado el pequeño cajón, mientras todos -incluído Manuel- tirábamos dentro pétalos de flores. Allí le oí decir " adios Juanchu...adios", y pensé en ese momento que algún día ese "adios" se haría realidad cuando vuelvan a encontrarse junto a-Dios y se den un abrazo interminable y prolongado para toda la eternidad.
     Yo también sueño que en algún momento me va a pasar lo mismo con un hijo que seguía a Rodolfo, y que 25 años antes también en un mes de enero se nos adelantó hacia el más allá, porque algún día me re-encontraré con él. En realidad todo lo que les he contado de Juan Cruz se repetía todo el tiempo en mi cabeza y me retrotraía a aquel 20 de enero.
     Matías -que era su nombre- había nacido un 12 de diciembre con algunos problemas que, en realidad, nunca pudimos llegar a dilucidar de que se trataba; era muy chiquito cuando nació y Rodolfo que por entonces tenía un año y medio, le decía "Mano", por hermano. De repente un día se agarró un refrío muy fuerte que en principio pensamos que era algo común, pero de cualquier modo lo llevamos al médico quien después de verlo nos aconsejó que lo internáramos porque tenía un problema en un pulmón y que como era muy chiquito no lo podría resolver sin ayuda para respirar.
     Salimos del consultorio totalmente desesperados porque sinceramente no lo esperábamos, y nos fuimos a la Iglesia del Santísimo Redentor en la esquina de Larrea y Beruti, adonde encontramos al párroco al que conocía de chico a quien le pedimos que lo bautizara, lo que ocurrió en una iglesia semi a oscuras, más o menos a las cinco o seis de la tarde y en la más absoluta soledad Pensar que todos los bautismos son una fiesta con docenas de chicos corriendo por todos lados.
     Luego en un taxi nos fuimos hasta la Maternidad Cerdá, en donde quedó internado en Terapia Intensiva. Nosotros nos quedamos un buen rato en el pasillo contiguo, hasta donde fueron llegando Gringo y Brunita, un tío mío médico pediatra -Pepe Rivarola- y alguien más, y allí nos quedamos más o menos hasta las 12 de la noche, esperando por novedades que no llegaron.
     Después en un momento nos dejaron entrar y lo vimos en una pequeña incubadora, con tubos por todos lados, luchando por vivir, pero tuvimos que irnos, dejándolo en un llanto que nunca interrumpió y que nosotros escuchábamos a través de la puerta. Al día siguiente volvimos temprano y lo primero que nos llamó la atención es que no se escuchaba ese llanto permanente; preguntamos como estaba y nos dijeron que esperáramos hasta que viniese el médico, y comenzamos a esperarlo un buen rato, mientras nadie nos decía nada.
     Yo pensaba que Matías estaría durmiendo en algún otro lugar, y seguimos esperando; en un momento nos hicieron pasar a un consultorio y allí nuestro pedioatra nos dijo que aproximadamente a las dos o tres de la mañana, a la misma hora que 25 años después ocurriría con Juan Cruz, su corazón había dejado de latir... para siempre. Lo que siguió después fue muy parecido a todo lo que les he contado más arriba; también estuvo en un cajoncito en nuestro departamente y esa misma tarde lo llevamos a la Recoleta, adonde todavía está junto a una hermanita suya -Patricia- (que estaba entre Meli y Toti) y que no pudo sobrevivir al nacimiento, también con muchos inconvenientes de salud.
     Algún día -si puedo- me gustaría traer sus cuerpos a algún lugar más cercano para que queden cerca del mío, cuando a mí me toque partir. Ese será el momento del re-encuentro con Matias, Patricia, Juan Cruz, otra hermanita mía -Valeria-, a todos los que en este momento me imagino junto a mis padres, vigilándonos y atentos para echarnos una mano cuando la necesitamos. No parece que falte mucho, mucho tiempo.
     Son pausas....simplemente eso....nada más que pausas que la vida nos propone aunque no sepamos bien porqué....pero que alguna vez, todos juntos, en algún lugar, entre todos, lograremos comprender.
                                                                     
                                                                   Gringo con Juan Cruz



      

No hay comentarios:

Publicar un comentario