martes, 24 de febrero de 2015

Confusiones.-


     Por estos días en que les escribo estos apuntes, mi sobrino Modestino Pizarro la está pasando muy mal; es que no sólo se han separado con su mujer por problemas propios de ellos, sino que sus dos hijas mayores le han vuelto la cara, y no solamente a él, también a su abuela, mi hermana Lía....y es afligente. Tan es así que mi hijo Francisco, estando en casa el mes pasado, me dijo que le quería escribir a Martina -la mayor- para instarla a desistir de una experiencia que, según él sentía, estaba equivocada.

     Creo que esos chicos, como alguna vez pasó con los míos, están bastante confundidos; no sé si alguna vez a ustedes les pueda tocar vivir  -espero que no- eso de no comprender algunas decisiones que tomen sus padres, o inclusive dentro de mucho, mucho tiempo, alguno de sus hijos no entienda el porque ustedes toman la dolorosa decisión de tener que interrumpir una vida de pareja, pero sí estoy convencido que ni ahora ni entonces se podrá olvidar que existen entre padres e hijos sentimientos que nadie tiene el derecho de avasallar.

     Cada pareja es un mundo, y sólo esos dos seres que la integran saben que es lo que ha pasado o no ha pasado entre ellos para terminar así, cada uno por su lado. Nadie se casa y forma una familia pensando que será algo temporario; la vocación natural es a la permanencia, pero esa permanencia debe estar necesariamente forjada en el amor. Si no hay amor se torna ficticia y destroza a todos, también a los hijos y no tiene ningún sentido seguir insistiendo en algo que está terminado. La vida sin amor no sirve y, lamentablemente, este puede terminarse, como ya alguno de entre ustedes, a su edad, ya lo puede haber experimentado, y si bien no se lo podemos desear a nadie, tienen que saber que puede ocurrir y que les puede ocurrir.

     Es que los sentimientos, chicos, son inmanejables; uno puede ocultarlos, tratar de minimizarlos o hacerse el distraído, pero están allí y nos gobiernan. En cuanto al amor, hay que que cuidarlo, cuidarlo mucho; hay que estar atento y pensar más en el otro que en uno, porque es la felicidad del otro la que alimenta la nuestra; pero esa tarea es de a dos; no puede ser de uno sólo porque el amor es mutuo y en definitiva, el no que une al uno con el otro.

     Después, si pasa lo de la ruptura, la dolorosa ruptura conyugal o de una convivencia prolongada, son sólo los dos protagonistas los únicos que saben que ocurrió, porque en alguna medida, ambos son los responsables; las cosas -no solo el amor- de las parejas son siempre de a dos, pero además, son sólo de ellos dos, porque el amor que los unía es únicamente de ellos; mientras que el que pueda dar con otros, sea con los hijos, los padres, hermanos, abuelos, amigos, son vínculos diferentes, y no tienen porqué verse alterados o modificados en función de la ruptura del primero, porqué aquel solo atañe a sus protagonistas.

     Pero ahí es cuando comienza un doloroso proceso para esos que hasta ayer eran UNA pareja y hoy son DOS personas, porque nadie está preparado para ese fracaso y debe padecer la pérdida. El dolor y el sufrimiento, entonces, también es para los dos y, desde luego también existen pérdidas colaterales, como las que padecen los hijos o los padres de los miembros de la pareja, que tampoco están preparados para la pérdida, y además, no son los responsables de ella.

     Sin embargo hay una cosa clara y es esto lo que hoy quería remarcarles a propósito de lo que le ocurre a Modestino con sus hijas, porque me parece que por ahí es por donde comienzan las confusiones. Que entre los padres se quiebre el amor no significa que se acabe o se termine el que cada uno de ellos tiene con sus hijos y estos con sus padres. Pienso que debe serle muy difícil a un hijo el aceptar esa realidad, y es hasta comprensible que se rebelen y se enojen, pero sólo hasta el momento en que puedan reflexionar y comprender que el tema no es con ellos, con quienes el vínculo de afecto paterno-filial sigue intacto.

     A veces, el tiempo que se pueden tomar los hijos para ver esa realidad es demasiado largo; tanto que a veces no llega a tiempo o simplemente no llega nunca, sin advertir que los padres también tienen el derecho de elegir qué quieren ser y con quien vivir, y que esas decisiones no tienen porque interferir en el cariño que -de ordinario- ellos sienten y sentirán siempre por sus hijos, cualquiera fuere el comportamiento que sus hijos tengan hacia ellos. Es que los padres muchas veces no podemos ser como los hijos quisieran que fuéramos, y ahí es cuando los padres deben enfrentarse a una segunda pérdida, para la cual no están en absoluto preparados, el silencio o hasta el desprecio muchas veces de los hijos.

     Es como si fuese la respuesta, ahora de los hijos, a la pérdida a la que ellos han tenido que enfrentarse -sin quererla- cuando sus padres se separaron, y llegado el caso, son los padres los que no pueden entenderlo y ahí cuando son ellos los que se confunden y se hacen toda clase de preguntas. ¿ Porque no me aceptan? ¿ porque pretenden que sea lo que no soy? ¿ porque no pueden alegrarse de que hubiese podido sobreponerme al dolor, a la tristeza, al fracaso? ¿ Que les pasa conmigo, si el problema nunca fue con ellos?

     Pienso que cuando así ocurre hay que procurar que esos sentimientos negativos concluyan cuanto antes, como lo intentaba hacer Franchi con Martina, porque el conflicto instalado nunca es con los hijos, ni es de ellos. La vida, en cambio, está para ser compartida con todos aquellos a los que queremos y lo lógico y normal es que los hijos quieran compartir las suyas con sus padres, como estos necesitan compartir las suyas con sus hijos. Si no es así el vacío que se siente, de ambos lados, es inmenso.

     Si alguna vez en la vida, por esas circunstancias que ella a veces propone, alguno de ustedes debieran enfrentarse a una situación semejante,  aunque estén muy confundidos y como en tinieblas, sean comprensivos para con sus padres, con ambos, procuren ser con ellos tremendamente humanos y  nunca los juzguen por lo que hicieron o por la decisión que tomaron; tampoco los dejen solos, a ninguno, porque esa ingratitud no les permitirá vivir tranquilos ni podrá ser completa la felicidad del otro hasta que finalmente, porque lo normal es que así sea, se produzca el encuentro, después de mucho, mucho tiempo perdido, que lamentablemente no se recupera, aunque siempre se perdone.

      

       

No hay comentarios:

Publicar un comentario