sábado, 16 de mayo de 2015

Adolescencia--


          Al igual que con respecto a mi infancia, tambien guardo muchos y buenos recuerdos de esa linda etapa de la vida que, en mi caso, transcurrió íntegramente en el departamento del 7o. "B" que mis padres tenían sobre la calle Berutti al 2389, esquina Larrea, en Buenos Aires. Creo recordar que en el capítulo en el que les cuento sobre las casas ya he dejado mis recuerdo sobre él; solo diré ahora que así como cuando a uno le preguntan por un sitio en el mundo al que le gustaría volver alguna vez, en mi caso es ese, perdida como está toda posibilidad de regresar a la quinta del Tigre que ya no existe.

          Transcurrió allí toda mi etapa formativa, ya que llegué a los 8 años y me fui a los 25, ya abogado. Mis recuerdos, entonces, que han quedado como pegados a sus paredes, se relacionan con esa vida intensa que allí desarrolló mi familia primaria, cuando todavía lo era, con dos padres y dos hijos. Ellos -mis padres- dormían en un dormitorio que estaba al fondo -y que de chicos había sido el nuestro-; yo uno intermedio, que daba a la calle, con una ventana que me permitía controlar "como si fuera un mirador" todo lo que ocurría alrededor; Lía, finalmente, dormía en un sillón-cama que estaba en el comedor, de modo que cuando venían visitas tenía que quedarse en el de atras.

          En mi cuarto, además, estaba la tele, desde que papá compró un aparato cuando yo tenía 18 años; sí, así fue, hasta entonces en casa no había televisores sino radios. Pero después ¡ nos sacamos las ganas !!. Todas las noches, si estábamos los cuatro, cenábamos en mi cuarto, cada uno con una mesita, mirando la tele pero sólo de 9 a 10 de la noche. Ahí se apagaba y ¡ a dormir!!.....inclusive durante los años en que iba a la Facultad. 

         Claro que tampoco había tele durante todo el día y no existía la cantidad de canales que hay hoy. Había dos, el 7 y el 9; después vino el 13; más tarde el 11 y mucho después el 2, de La Plata, todos de aire, por supuesto, y en blanco y negro. Los domingos veíamos un show italiano, después del programa de humor político de Tato Bores; y no recuerdo mucho más: algunas series, unitarios, pero siempre los cuatro. Mis abuelos y mis tías sí tenían tele y, sobre todo en casa de estas últimas, veía siempre junto a ellas cuando iba los jueves a comer allí.

                                                                               

  .     Por las mañanas, tanto cuando íbamos al secundario como luego a la Facultad, teníamos que despertarnos solos, con un despertador; que muchas veces colocaba dentro de una cacerola para que hiciera más ruido y lo colocaba en el medio de la pieza para obligarme a salir de la cama para ir a apagarlo; había siempre alguna persona en la cocina que nos preparaba el desayuno que tomábamos con Lía, y antes
de salir -más o menos a las 7:15- nos despedíamos de mis padres a quienes entrábamos a saludar a su cuarto y ahí recién se despertaban; yo tenía que caminar una tres cuadras hasta la parada y en pleno invierno había mucho frío.

           Siempre pensaba que mis padres seguían durmiendo, y me decía "¿ cuando me tocará a mí seguir durmiendo?", pero después supe que ellos se levantaban ahi y tomaban el desa poco después que nosotros. En realidad, pienso ahora que quizás fue por eso que cuando tuve mi propia familia quien primero se levantaba era yo, aun cuando no tuviera que llevar a los chicos al colegio porque algunos días los venían a buscar otros padres; en cambio cuando nos mudamos a vivir a Neuquén a Rodolfo lo llevaba todas las mañanas y después seguía para el Juzgado.

            Pero tengo un muy buen recuerdo de lo compañeros que éramos con mis padres durante aquella etapa de mi vida, tanto para con nosotros como con nuestros amigos que, sobre todo en mi caso, venían mucho a casa, como mi primo Horacio, Pedro "el Corto" Rueda (porque era muy bajito), Martín Kennedy y algo más grande, Manuel Malbran o Gustavo Frias, todos los que venían bastante y se quedaban a comer y mis padres siempre nos acompañaban.

          Tambien venían a vernos jugar al rugby muchos sábados por las mañanas, papá con su boina para protegerse del viento y mamá muy abrigada, al costado de la cancha muertos de frío, arengando y vivando nuestros esfuerzos. El mismo recuerdo de ellos tengo de hacer muchos programas juntos, como ir al teatro, por ejemplo a Caminito en la Boca que era al aire libre, o a comer afuera los cuatro, generalmente en alguna cantina o bodegón que, desde entonces, tanto me gusta disfrutar, más que un buen restaurante; en cuanto a los domingos, después de misa -en muy diferentes iglesias- nos íbamos a tomar algo en algún bar o confitería, antes de terminar almorzando en lo de mis abuelos. Fuimos muy unidos, los cuatro, y disfrutamos de una vida muy compartida con ellos.

         El auto familiar llegó a casa ya bastante crecidos, cuando yo andaría por los 14, y tuve la suerte de poder aprender a manejar casi desde entonces; quien me enseñó en realidad fue el encargado del garage adonde se guardaba el auto de noche, porque papá se ponía muy nervioso conmigo; quizás es por eso que a todos mis hijos les he enseñado yo, con toda la paciencia que el caso requería, pero no desde tan chicos, pero sía los 16 o 17. Creo que a las 14 todavía no se tiene la suficiente madurez y yo no fui un buen ejemplo porque andaba por la calle haciendo muchas estupideces, inclusive corriendo picadas por Libertador.

        Varias veces choqué y otras tantas estuve a punto de volcar, aunque claro, los Citroen 2 CV eran imposibles de volcar. La verdad chicos que no les cuento esto para orgullecerme sino porque estoy bien arrepentido de haber comportado así, con un desprecio casi total por un bien valioso que no era mío, más allá de arriesgar mi vida y la de quienes venían conmigo. Cuando a los 18 años pude sacar el Registro nunca más tuve algún percance por mi propia culpa, y por eso les pido que sean siempre muy cuidadosos al conducir, ya sea un auto, una moto o hasta una bici.

          A mis hijos, en cambio, les enseñé a manejar a todos; no lo delegué y así estuve en condiciones de saber como lo hacían, y además les prestaba el autos, no para cualquier cosa, sino cuando existía alguna razón, como para que se fueran familiarizando solos, sin la presencia muchas veces "atemorizante" del padre. Todavía me acuerdo -y Rodolfo Q. también- del día en que volvía de trabajar a un horario desacostumbrado, y me lo crucé manejando nuestro auto, lleno de chicos amigos, que bajaban hacia el centro.

          Creo que Rodolfo -que me vió pasar- no quería volver por miedo a la reprimenda, que llegó y fue bastante fuerte, como para que no se olvidara que el auto había que pedirlo, no sacarlo a escondidas, repitiendo conductas que, lamentablemente, yo también había cometido a su edad y que es habitual que así ocurra, pero deben se las mínimas ocasiones.

          De mis padres tengo muy buenos recuerdos de aquella época de mi adolescencia, como padres cercanos, al tanto de cuanto nos pasara, que conocían y trataban a nuestros amigos, que nos dejaban traer a casa con toda libertad, que compartían sus vidas con nosotros y con nuestras cosas, sin que por ello tuvieran que estar todo el día encima nuestro porque nos daban al mismo tiempo mucha libertad y confianza.

           Era una muy buena combinación de cercanía y confianza, de presencia y libertad, y si bien siempre he sostenido que mi padre me dio a mí una libertad que no era acorde con mi edad, porque confiaba en mi responsabilidad, finalmente debo reconocer que aun cuando muchas veces abusé de esa confianza, me hizo ser una persona capaz de tomar decisiones y de responsabilizarme de mis cosas -todas- con bastante criterio, aun cuando a su vez me hizo ser bastante más estricto con mis hijos respecto de sus propias decisiones y conductas.

          Hoy a la distancia y cuando mis padres ya no están, les juro que los extraño mucho; creo -además- haber sido un buen hijo, consecuente para con ellos que también siempre fueron muy cariñosos y comprensivos conmigo y mi familia, que desde luego siempre sentí que era la de ellos, y sus padres, que pudieron tratarlos bastante, se que también guardan de ellos muy lindos recuerdos, aun cuando el vínculo de abuelo-nieto no es igual al del padre-hijo.

          Quizás influya en ello la mayor diferencia de edad, pero por sobre todo me parece que prima una mayor comprensión de parte de los abuelos respecto de las conductas de sus nietos, que es probable que no sea la misma que tuvieron para con sus hijos., fruto de una mayor tolerancia que se incorpora con la edad, y también de saber que la responsabilidad primaria es de los padres. Decía en algún otro lado que a ser padre se aprende, a veces a los golpes, en cambio no es necesario aprender a ser abuelo, sencillamente se da y sobre todo se disfruta, sin mayores exigencias que la de no desentonar mucho con lo que educan los padres.

          Nuestra relación de abuelo a nietos, no ha sido muy frecuente, por razones de distancia; pero sin embargo cada vez que nos encontramos con alguno es una fiesta, para ustedes y para mí.....eso es algo que se siente y se palpa en el aire....cada uno con sus propias características y personalidades, pero a todos los siento muy pero muy cerca y eso me hace muy feliz. Espero que durante muchos años pueda abrirles los brazos para recibirlos en ellos con todo el cariño que guardo hacia todos ustedes en mi corazón.

                                                                       

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